11 de agosto de 2011

Paulo Ramírez, periodista

El padre de P.
Siempre he tenido la idea de que la gente no cambia. Que las personas nacen y se crían de una manera y que en adelante no hay forma de modificarlas realmente. Es probable que esta idea la compartan muchos de lo que piensan que un niño, por ejemplo, pasados los tres, los cuatro o los cinco años ya está construido con su estructura definitiva y que todo esfuerzo será inútil para torcerle incluso una mínima parte. Pero cada vez que este pensamiento fatalista me invade (y estoy seguro que es lo que le ocurre a quienes miran como un riesgo la adopción de niños mayores) me acuerdo de la historia de mi amigo P. Más bien de la historia de su padre.

    El padre de P. era alcohólico. Estaba a punto de perder su trabajo como gásfiter en una empresa importante. Se escapaba de la casa para tomar y no se sabía nunca a qué hora volvería. El hermano mayor de P. era drogadicto. Trabajaba esporádicamente con su padre pero se le iba todo lo que ganaba en pasta base. A P., en cambio, lo único que le interesó siempre fue el fútbol. Se probó en varios equipos y soñó con llegar a ser profesional y jugar en Colo Colo. Pero también quería entrar a la universidad. En la prueba tuvo un puntaje más que razonable y quedó seleccionado para estudiar con beca deportiva. El problema es que su padre tenía que firmar los papeles y garantizar el pago de todo lo que la beca no alcanzara a cubrir. P. daba todo por perdido.
    Pero su madre habló con él. Le dijo que tal vez a él su padre le hiciera caso. Que ella había intentado de todas las formas posibles: queriéndolo más, queriéndolo menos, odiándolo, amenazándolo, y que nunca había logrado que dejara el trago. Siempre le prometía cambiar. Bajaba la cuota por un tiempo, volvía a trabajar, pagaba sus deudas, pasaba más tiempo en la casa, hasta que casi sin explicación volvía a caer. A veces era con amigos, otras solo. Llegaba en la noche con los ojos brillantes y el paso inseguro. Apenas abría la boca todos se daban cuenta.
    "Pero cómo sabes si esta vez a ti sí te hace caso", le dijo a P.
    Esa noche su padre no llegó a dormir. P. salió temprano a buscarlo. No era tan difícil encontrarlo: bastaba con caminar las seis cuadras que separaban su casa de la botillería. Los pasajes todavía eran de tierra y en medio había un gran potrero que cada cierto tiempo se convertía en basural. P. lo vio desde lejos: estaba tendido boca arriba con una pierna metida en una acequia. La cabeza la había apoyado en un montón de tierra y dormía como si estuviera en su propia cama. P. ni siquiera se asustó. Se acercó con cuidado, le tomó la cabeza y le dijo "papá, despierte, que necesito hablar con usted". Lo llevó a la casa y le dio una taza de café y un poco de pan. "Le tengo que pedir algo", le dijo. Y le explicó: necesitaba que estuviera sobrio para que él pudiera entrar a la universidad.
    Como siempre, su padre le dijo que sí, que por supuesto, que contara con él. Después se encerró en su pieza. Y no salió de ahí hasta quince días después. Sobrio, limpio, como renacido, y así sigue hasta el día de hoy.
    P. dice que nunca supo qué pasó durante esos quince días. Sólo sentía que su padre le hablaba a alguien como retándolo, pero nunca pudo entender lo que decía. Su madre trataba de seguir con la vida normal, pero también se notaba asustada. Cuando el padre de P. salió de la pieza partió a la universidad y lo inscribió. P. entró a estudiar y se convirtió en el primer profesional de su familia.
    Conocí a P. muchos años después de este episodio. Me contó esta historia una tarde después del trabajo. Creo que conversábamos esa vez sobre el amor, o a lo mejor hablábamos sobre el destino, no recuerdo bien. Al poco tiempo también conocí a su padre. No me contó esta historia, por supuesto. El nunca la cuenta. Pero la lleva adentro. Se le nota.

No hay comentarios:

Publicar un comentario